lunes, 22 de agosto de 2011

Las características del signo lingüístico: "A la mesa la llamó afombra.."

A la mesa la llamó alfombra...

-Siempre la misma mesa –dijo el viejo-, las mismas sillas, la cama, el cuadro. Y a la mesa la llamo mesa, al cuadro, cuadro, la cama se llama cama, y la silla silla. ¿Por qué?

Los franceses llaman a la cama “li”, a la mesa “tabl”, al cuadro “tabló” y a la silla “ches”, y se entienden. Y los chinos también se entienden.

“Por qué no se llama a la cama cuadro”, pensó el viejo y se sonrió. Luego empezó a reír y reír, hasta que los vecinos se pusieron a dar golpes en la pared y a gritar “¡Silencio!”.

-Ahora van a cambiar las cosas –exclamó el viejo y empezó a llamar a la cama “cuadro”.

-Tengo sueño, me voy al cuadro –dijo. Y por las mañanas se quedaba a veces largo tiempo echado en el cuadro, pensando cómo llamar a la silla, y la llamó “despertador”.

Se levantó, se vistió, se sentó en el despertardor, y apoyó los brazos en la mesa. Pero la mesa ya no se llamaba mesa, ahora se llamaba alfombra. Así pues, por la mañana el viejo abandonó el cuadro, se vistió, se sentó en el despertador frente a la alfombra y empezó a pensar en los nuevos nombres de las cosas.

A la cama la llamó cuadro.

A la mesa la llamó alfombra.

A la silla la llamó despertador.

Al periódico lo llamó cama.

Al espejo lo llamó silla.

Al despertador lo llamó album de fotografías.

Al armario lo llamó periódico.

A la alfombra la llamó armario.

Al retrato lo llamó mesa.

Y al álbum de fotografías lo llamó espejo.

Así pues: Por la mañana el viejo se quedó echado durante largo tiempo en el cuadro, a las nueve sonó el album de fotografías, el viejo se levantó y se puso encima del armario para que no se le helaran los pies, luego sacó la ropa del periódico, se vistió, miró en la silla de la pared, se sentó luego en el despertador frente a la alfombra y hojeó el espejo hasta encontrar la mesa de su madre.

El viejo lo encontró divertido y practicó durante todo el día, grabándose en la memoria las nuevas palabras. Lo cambió todo de nombre; él ya no era un viejo sino un pie y el pie era una mañana y la mañana un viejo.

Peter Bichsel, “Una mesa es una mesa” en Cosa de niños, Barcelona, Laia, 1981, pp. 20-22.

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